14 octubre 2026

Sigo en un taller de escritura creativa (II)

Estimada vecina del departamento 402:

Espero sinceramente que perdone mi intromisión en su agitada rutina. 

Sucede que nuestras paredes son delgadas y dado que eso no es culpa suya ni mía y en vista que usted vive en este edificio mucho más tiempo que yo, he optado por usar tapones en los oídos, audífonos o tomar Clonazepam para dormir temprano y no entretenerme con sus historias, sus reuniones o sus interesantes clases nocturnas. Lo hago pensando en respetar su intimidad, dentro de lo posible.

Sin embargo, no puedo guardar silencio ante lo sucedido anoche. Esperaba el ascensor cuando su novio —porque el muchacho que canta canciones de Luis Miguel es su novio, ¿verdad? Ojalá no me equivoque— pasó a mi lado hablando por teléfono sabe Dios con quién e invitándole a una fiesta en su casa —la de usted— en la que se comprometía a propiciar un karaoke para cantar canciones de Romeo Santos. 

Señorita, por amor a Cristo. Romeo Santos lleva toda su carrera intentando convencernos de que su calentura es literatura. En sus canciones queda en evidencia que el hombre confundió tener libido con tener profundidad emocional.Escucharlo es quedar atrapados en el monólogo interior de un señor que descubrió el deseo sexual a los 38 años. Sus letras siguen básicamente este esquema: sexo + culpa + infidelidad + mami.

Con todo respeto, le ruego reconsidere la realización de una fiesta para homenajear a Romeo Santos. Tengo lindos discos que le puedo prestar para que amenice su velada, lo juro. 

Aunque ahora mismo caigo en la cuenta de que la fecha de la supuesta fiesta coincide con sus clases de derecho civil y societario. No le recomiendo que se salte esa clase, vecina. Lo digo por su bien pero también porque antes que escuchar a Romeo Santos prefiero escuchar a su profesora —la que siempre estornuda es la de derecho civil, ¿no?— recitando en voz alta el Código Procesal Civil. No soy ducho en la materia pero intuyo que el Código Civil no incluye la palabra mami en ninguna parte y eso ya lo hace una mejor opción. 

Atte.

Departamento 403


13 octubre 2026

Sigo en un taller de escritura creativa (I)

Nunca pensé que jugaría ajedrez con Janis Joplin.

Alguna vez imaginé que podría aparecer para participar en una de esas juergas inmemorables que solía propiciar en mis 20s, o tal vez para acompañarme en una borrachera triste, o incluso alguna noche para ayudarme a evadir un decepcionante desamor de barra.

Se sentó frente a mí sonriendo y armó el tablero con paciencia. 

Puso las blancas a mi lado. Pero no atiné a moverme.

— ¿Sabes jugar? — me preguntó.

— Lo suficiente para perder con dignidad.

Soltó una carcajada.

—La dignidad está sobrevalorada, dijo. Y volteó el tablero. 

Sentí que se me había revelado la quintaesencia de Janis Joplin. Pensé en cada interpretación de "Piece of My Heart", y en esa confirmación de que amar es también dejarse arrancar algo. Janis nunca dijo que sabía más que nosotros sobre el amor o sobre la vida. Creo que la magia reside en esa manera hermosa que tuvo de admitir que tampoco entendía nada.

— ¿Te arrepientes? —le pregunté.

— ¿De qué?

— De algo. De todo.

Se rio.

— Todo es demasiado.

Y movió un peón.

Saqué un cigarrito. Le ofrecí otro. Me ofreció fuego. Recordé cuando empecé a fumar. Tenía 15 años y me sentía muy libre por disfrutar tanto de algo que iba en contra de mi educación. Reelaboré mi pregunta.

— ¿Te arrepientes de haberte ido tan joven?

Janis dejó de sonreír.

— No me fui.

— ¿No?

— Me llevaron.

Sentí un frío pequeño en la espalda.

— ¿Quién?

Janis señaló el tablero.

— Te toca.


08 octubre 2026

Evitemos confusiones, parte 2

Lo bonito de los talleres de escritura creativa es darse un espacio para eso mismo: crear. 

Este 2026 estuve en un taller con mi amiga Kara. Ahí me obligó a escribir un par de poemas y aún no se lo perdono. A pesar de ello, lo disfruté muchísimo, pues no siempre se puede apreciar el proceso creativo de lxs verdaderxs poetas tan de cerca y eso fue exactamente lo que hice, tanto al analizar textos como al escuchar los poemas de mis compañeritxs de carpeta. Yo escribí dos bastante malos, pero también bastante honestos. Uno sobre Ayacucho y otro sobre ―y para― el chico que me quita el sueño y me ha devuelto la fe. 

Bueno, este muchacho maravilloso también es escritor. Y hace unos meses llevé un taller de escritura donde él era el profesor. Nos dejó un ejercicio muy particular: hacer una lista de palabras que respondían a una premisa y enviársela para que él le de nuestra lista a otra persona que escribiría un texto a partir de ella. A mí me salió este a partir de las palabras de mi querida Maru:

Sonó el teléfono y sentí un cólico en las tripas. 

“Putamadre, amaneció”, pensé.

Miré la pantalla del celular esperando que no sea hora de levantarme, pero lo era. ¿Por qué otra razón sonaría la alarma?

Con la confusión de quien se debate entre estar dormida y despierta, me froté los ojos con resignación. Había pasado la madrugada en vela pensando en lo último que me dijo Erik la noche anterior: “Nadie quiere a una mujer como tú”. No era la primera vez que me lo decía, pero entonces decidí que sería la última. Sin embargo, eso no hizo que el recuerdo desapareciera, pues mi cerebro decidió rumiar la idea hasta el infinito. 

Lo hermoso de las madrugadas es esa sensación de eternidad que de vez en cuando los seres humanos necesitamos para creer que estamos a salvo. Pero es difícil sentirse a salvo después de esa discusión.

“Vamos, Amaranta, no le des tanta importancia a un hombre promedio”, me dije mientras ponía la almohada sobre mi rostro y ahogaba un grito.

Me animé a levantarme de la cama repitiendo una frase que Jorge Manrique inoculó en mi mente en tercero de secundaria “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”. Por alguna razón hacer eso me pone de buen humor. En el colegio tuve que aprender las “Coplas a la muerte de su padre” y siempre me pareció curioso que ese sea el inicio de una despedida. Me estremeció pensar que esta vez tenía sentido.

Entré al baño y evité verme al espejo mientras me lavaba los dientes. Sabía que mis ojeras estaban en su sitio, pero quería evitar ver el moretón que Erik me había dejado en el rostro cuando le dije que lo dejaría. Me lanzó un puñete. Fue un golpe limpio. Pasó tan rápido que no pude esquivarlo. Es curioso cómo la velocidad del tiempo depende de cómo percibimos una situación. 

De pronto tres años juntos se sintieron breves para el amor que nos dimos y demasiado largos para el daño que nos hicimos. Ese último golpe fue torpe si lo comparo con los anteriores. El primero fue cuando teníamos tres meses saliendo, una noche en la que se nos pasó la mano tomando algarrobinas. Me reí y le dije que no era posible que se emborrachara con un par de ellas y me empujó de la silla. Caí de cabeza contra el piso y se me nubló el mundo. Cuando desperté estaba en su cama y él me acariciaba. “Perdóname, cucuriki. Yo te amo”. Y me besó, llorando. Lo abracé y nos quedamos dormidos. 

Desperté temprano y examiné con cuidado su habitación. Había estado ahí antes, pero nunca me había detenido en ella. Un cuadro de Van Gogh, Los girasoles. Siempre admiré la forma en la que jugaba con los colores, especialmente con el amarillo cadmio. Tal vez eso lo volvió loco. Al lado, un póster de El Cuervo, y más allá una foto con su familia bajo un letrero de una calle llamada Market Ave, en California. Debajo, una más grande de cuando fue al Lago Michigan a navegar con su ex esposa —la que lo engañó— y su hijo —que no quiso volver a ver a su padre después del divorcio—. “Te quiero, chochera”, decía la foto con una letra infantil. Erik tenía un polo que decía Displacement y los tres estaban envueltos en globos y serpentinas. Parecía de otra vida. Él parecía otra persona. Y tal vez lo era. Ahora lo recuerdo y me doy cuenta que nunca llegué a verlo así de feliz. 

Abrí los cajones de su mesa de noche pero al primer vistazo me dio miedo. ¿Temía invadir su privacidad o lo que sea que pudiera encontrar? Había dos libros sobre ella y desvié mi atención hacia ellos: “Quiere a ese perro”, de Sharon Creech, y “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury. Este último era uno de mis libros favoritos y la razón por la que siempre me opondré a la colonización de Marte. “No tenemos derecho a irrumpir en su planeta y cambiarle de nombre a sus tierras”, pensé en voz alta. Erik despertó y me abrazó cantando una canción que no conocía y que luego averigüé que se llamaba “Your heart is as black as night”. Entonces la encontré encantadora. Definitivamente no entendía nada de lo que decía.

No todo fue malo: Erik preparaba las mejores ensaladas César, los mejores queques de plátano y siempre me regalaba tulipanes. Pero no pude pensar en eso anoche, cuando trató de clavarme un tenedor en el pecho. No recuerdo sus gritos tanto como los latidos de mi corazón. Pensé que se me saldría por la boca. Me faltaba la respiración y no podría dar cuenta de lo que sentía mi cuerpo. Logré zafarme de él cuando tropezó al rodear la mesa del comedor. Pero no corrí a la salida, sino a su cuarto. Cerré la puerta y lo escuché correr hacia mí gritando que me había hecho un favor al quererme mientras Brandon Lee me miraba fijamente desde la pared. Hubiera querido llamar a alguien y pedir ayuda. O tal vez no. Erik por fin abrió la puerta y yo el cajón de su mesa de noche. 

Nunca había usado una pistola. Tal vez por eso la fuerza del disparo me aventó al piso y ambos caímos al suelo al mismo tiempo. Perdí la noción del espacio por unos segundos, creo, pero me obligué a pararme al sentir el sudor en mi espalda y unas ganas incontrolables de mear. Me puse de pie. El olor a pólvora entró de golpe a mis pulmones. Me acerqué a Erik. Me miró. No pude decirle nada. “Murk”, dijo él en voz alta. Tiré el arma a su lado y salí caminando. Pensé que se levantaría, tomaría el arma y me devolvería el disparo. Casi lo esperaba. 

“¿Por qué no lo hizo?”, me pregunté casi con rabia.

Levanté la vista y me miré al espejo. Ahí estaba el moretón. Extendí mi mano para palparlo y sentir el dolor, cuando tocaron la puerta de mi departamento con cierta desesperación. “Gracias a Dios”, pensé. Por fin respiré aliviada.

16 octubre 2022

Evitemos confusiones



No es mi propósito en la vida escribir cuentos o novelas. Mucho menos poesía. ¡Dios me libre! Le tengo demasiado respeto a la poesía como para creerme poeta. 

Sucede que me gustan mucho los talleres de escritura creativa y ahora llevo uno con la genial Katya Adaui, así que me provocó poner aquí algunos de los textos que me salieron mientras disfrutaba de la experiencia. Total, por aquí solo pasan las bolas de paja y me ha gustado visitarme después de tantos años para recordar quien era y quien ya no quiero ser.

El viñedo 

No le creí a mi abuelo cuando me dijo que la vid que acabábamos de plantar florecería cuando yo tuviera 57 años. 

- Entonces será tuya, me dijo. 

- Entonces estaré muerto, abuelo. 

Recuerdo bien esa mañana. El sol intensísimo. El sudor de mi camisa mal abotonada porque me empeciné en vestirme solo. La mano húmeda del abuelo cuando me llevó a pasear alrededor de las tierras peladas y recién sembradas. Mi abuela bailando sin zapatos. Mi madre aplaudiendo colorada. Mi padre ahogándose en el humo de un puro. Yo tenía siete años y me parecía que no se podía vivir 50 más. 

Durante mi adolescencia mi abuelo no recordaba su nombre ni la mañana en la que me hizo rey de la tierra mojada, por lo que llegué a pensar que esa conversación había sido una estrategia de mis padres ―y de mi abuelo mismo― para adoctrinarme, meterme en la cabeza desde pequeño que no debía abandonar nunca la casa y condenar mi vida a ser el capataz de las uvas más perezosas del mundo. 

Timing 

Abro los ojos pensando que es el día indicado para morir. Mi cerebro, obediente, se adormece. Mi cuerpo se aletarga. Mi respiración se pausa. Pero el reloj que tengo en el pecho no sabe quedarse quieto.
Tal vez algún día haga las paces con los domingos. 

La creación 

Era un Dios intergaláctico, solitario y onanista. Harto de su soledad, decidió entregarse a la muerte. 
Un último pajazo, el inicio de la vida. 

Lo que no fue 

No había espacio en la casa, niña. No había vida que vivir. 
Abrió las piernas otra vez. La sangre hizo lo suyo. Chorreaba. 
Érase una vez la inocencia. 

Empacar 

No sabía andar ligera. Saca de su mochila los rituales, las lágrimas, los dolores, los souvenirs. Algunos sabores se quedan. Hay que seleccionar las sonrisas, pero dejar todas las bolas de pelo.

31 enero 2020

Mirar

Miro por la ventana desde pequeña buscando el mundo. A veces veía la vida sucediendo. A veces la calle vacía. Sentada en mi cama, pero siempre con los ojos en la ventana, veía entrar como un regalo la luz naranja del atardecer. La primavera con una esquina rota.

También miraba esperando ver llegar a alguien que me acompañara y que yo pudiera acompañar. Alguien a quien yo no le pesara. Siempre traté de tirar por esa misma ventana la idea de que me compraría quien no me conoce, porque quien me conoce ni regalada, pero yo la aventaba y la maldita idea rebotaba. Sabía el camino de regreso.

Miraba por la ventana y soñaba con el futuro que tendría tras romper la cadena que me ataba a la pata de mi cama. Ahora volteo hacia ella desde fuera. La miro y pienso en lo difícil que es estar del otro lado cuando el alma se acostumbró a mirar el mundo a través de los barrotes.