Lo bonito de los talleres de escritura creativa es darse un espacio para eso mismo: crear.
Este 2026 estuve en un taller con mi amiga Kara. Ahí me obligó a escribir un par de poemas y aún no se lo perdono. A pesar de ello, lo disfruté muchísimo, pues no siempre se puede apreciar el proceso creativo de lxs verdaderxs poetas tan de cerca y eso fue exactamente lo que hice, tanto al analizar textos como al escuchar los poemas de mis compañeritxs de carpeta. Yo escribí dos bastante malos, pero también bastante honestos. Uno sobre Ayacucho y otro sobre ―y para― el chico que me quita el sueño y me ha devuelto la fe.
Bueno, este muchacho maravilloso también es escritor. Y hace unos meses llevé un taller de escritura donde él era el profesor. Nos dejó un ejercicio muy particular: hacer una lista de palabras que respondían a una premisa y enviársela para que él le de nuestra lista a otra persona que escribiría un texto a partir de ella. A mí me salió este a partir de las palabras de mi querida Maru:
Sonó el teléfono y sentí un cólico en las tripas.
“Putamadre, amaneció”, pensé.
Miré la pantalla del celular esperando que no sea hora de levantarme, pero lo era. ¿Por qué otra razón sonaría la alarma?
Con la confusión de quien se debate entre estar dormida y despierta, me froté los ojos con resignación. Había pasado la madrugada en vela pensando en lo último que me dijo Erik la noche anterior: “Nadie quiere a una mujer como tú”. No era la primera vez que me lo decía, pero entonces decidí que sería la última. Sin embargo, eso no hizo que el recuerdo desapareciera, pues mi cerebro decidió rumiar la idea hasta el infinito.
Lo hermoso de las madrugadas es esa sensación de eternidad que de vez en cuando los seres humanos necesitamos para creer que estamos a salvo. Pero es difícil sentirse a salvo después de esa discusión.
“Vamos, Amaranta, no le des tanta importancia a un hombre promedio”, me dije mientras ponía la almohada sobre mi rostro y ahogaba un grito.
Me animé a levantarme de la cama repitiendo una frase que Jorge Manrique inoculó en mi mente en tercero de secundaria “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”. Por alguna razón hacer eso me pone de buen humor. En el colegio tuve que aprender las “Coplas a la muerte de su padre” y siempre me pareció curioso que ese sea el inicio de una despedida. Me estremeció pensar que esta vez tenía sentido.
Entré al baño y evité verme al espejo mientras me lavaba los dientes. Sabía que mis ojeras estaban en su sitio, pero quería evitar ver el moretón que Erik me había dejado en el rostro cuando le dije que lo dejaría. Me lanzó un puñete. Fue un golpe limpio. Pasó tan rápido que no pude esquivarlo. Es curioso cómo la velocidad del tiempo depende de cómo percibimos una situación.
De pronto tres años juntos se sintieron breves para el amor que nos dimos y demasiado largos para el daño que nos hicimos. Ese último golpe fue torpe si lo comparo con los anteriores. El primero fue cuando teníamos tres meses saliendo, una noche en la que se nos pasó la mano tomando algarrobinas. Me reí y le dije que no era posible que se emborrachara con un par de ellas y me empujó de la silla. Caí de cabeza contra el piso y se me nubló el mundo. Cuando desperté estaba en su cama y él me acariciaba. “Perdóname, cucuriki. Yo te amo”. Y me besó, llorando. Lo abracé y nos quedamos dormidos.
Desperté temprano y examiné con cuidado su habitación. Había estado ahí antes, pero nunca me había detenido en ella. Un cuadro de Van Gogh, Los girasoles. Siempre admiré la forma en la que jugaba con los colores, especialmente con el amarillo cadmio. Tal vez eso lo volvió loco. Al lado, un póster de El Cuervo, y más allá una foto con su familia bajo un letrero de una calle llamada Market Ave, en California. Debajo, una más grande de cuando fue al Lago Michigan a navegar con su ex esposa —la que lo engañó— y su hijo —que no quiso volver a ver a su padre después del divorcio—. “Te quiero, chochera”, decía la foto con una letra infantil. Erik tenía un polo que decía Displacement y los tres estaban envueltos en globos y serpentinas. Parecía de otra vida. Él parecía otra persona. Y tal vez lo era. Ahora lo recuerdo y me doy cuenta que nunca llegué a verlo así de feliz.
Abrí los cajones de su mesa de noche pero al primer vistazo me dio miedo. ¿Temía invadir su privacidad o lo que sea que pudiera encontrar? Había dos libros sobre ella y desvié mi atención hacia ellos: “Quiere a ese perro”, de Sharon Creech, y “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury. Este último era uno de mis libros favoritos y la razón por la que siempre me opondré a la colonización de Marte. “No tenemos derecho a irrumpir en su planeta y cambiarle de nombre a sus tierras”, pensé en voz alta. Erik despertó y me abrazó cantando una canción que no conocía y que luego averigüé que se llamaba “Your heart is as black as night”. Entonces la encontré encantadora. Definitivamente no entendía nada de lo que decía.
No todo fue malo: Erik preparaba las mejores ensaladas César, los mejores queques de plátano y siempre me regalaba tulipanes. Pero no pude pensar en eso anoche, cuando trató de clavarme un tenedor en el pecho. No recuerdo sus gritos tanto como los latidos de mi corazón. Pensé que se me saldría por la boca. Me faltaba la respiración y no podría dar cuenta de lo que sentía mi cuerpo. Logré zafarme de él cuando tropezó al rodear la mesa del comedor. Pero no corrí a la salida, sino a su cuarto. Cerré la puerta y lo escuché correr hacia mí gritando que me había hecho un favor al quererme mientras Brandon Lee me miraba fijamente desde la pared. Hubiera querido llamar a alguien y pedir ayuda. O tal vez no. Erik por fin abrió la puerta y yo el cajón de su mesa de noche.
Nunca había usado una pistola. Tal vez por eso la fuerza del disparo me aventó al piso y ambos caímos al suelo al mismo tiempo. Perdí la noción del espacio por unos segundos, creo, pero me obligué a pararme al sentir el sudor en mi espalda y unas ganas incontrolables de mear. Me puse de pie. El olor a pólvora entró de golpe a mis pulmones. Me acerqué a Erik. Me miró. No pude decirle nada. “Murk”, dijo él en voz alta. Tiré el arma a su lado y salí caminando. Pensé que se levantaría, tomaría el arma y me devolvería el disparo. Casi lo esperaba.
“¿Por qué no lo hizo?”, me pregunté casi con rabia.
Levanté la vista y me miré al espejo. Ahí estaba el moretón. Extendí mi mano para palparlo y sentir el dolor, cuando tocaron la puerta de mi departamento con cierta desesperación. “Gracias a Dios”, pensé. Por fin respiré aliviada.
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