Nunca pensé que jugaría ajedrez con Janis Joplin.
Alguna vez imaginé que podría aparecer para participar en una de esas juergas inmemorables que solía propiciar en mis 20s, o tal vez para acompañarme en una borrachera triste, o incluso alguna noche para ayudarme a evadir un decepcionante desamor de barra.
Se sentó frente a mí sonriendo y armó el tablero con paciencia.
Puso las blancas a mi lado. Pero no atiné a moverme.
— ¿Sabes jugar? — me preguntó.
— Lo suficiente para perder con dignidad.
Soltó una carcajada.
—La dignidad está sobrevalorada, dijo. Y volteó el tablero.
Sentí que se me había revelado la quintaesencia de Janis Joplin. Pensé en cada interpretación de "Piece of My Heart", y en esa confirmación de que amar es también dejarse arrancar algo. Janis nunca dijo que sabía más que nosotros sobre el amor o sobre la vida. Creo que la magia reside en esa manera hermosa que tuvo de admitir que tampoco entendía nada.
— ¿Te arrepientes? —le pregunté.
— ¿De qué?
— De algo. De todo.
Se rio.
— Todo es demasiado.
Y movió un peón.
Saqué un cigarrito. Le ofrecí otro. Me ofreció fuego. Recordé cuando empecé a fumar. Tenía 15 años y me sentía muy libre por disfrutar tanto de algo que iba en contra de mi educación. Reelaboré mi pregunta.
— ¿Te arrepientes de haberte ido tan joven?
Janis dejó de sonreír.
— No me fui.
— ¿No?
— Me llevaron.
Sentí un frío pequeño en la espalda.
— ¿Quién?
Janis señaló el tablero.
— Te toca.
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