15 octubre 2026

Sigo en un taller de escritura creativa (III)

La premisa fue hacer una historia con frases de canciones. Salió esto:

Yo no sé por qué buscamos nuevas formas de escapar, si eso no existe

Me miro con franqueza en un espejo roto. Respiro. Todo el mundo sabe que tengo una pistola por si un día todo falla. O al menos creo que lo saben, aunque cada vez que se lo contaba a alguien la otra persona reía nerviosa y pocas veces alguien repreguntaba algo. Ahora que lo pienso, nadie me preguntó qué significaba que todo falle.

Esperaría, entonces, que nadie se sorprenda cuando se entere de lo que hice viendo las noticias o las redes sociales. Ojo, no lo hago porque quiera alcanzar la fama. No soy un personaje público y no me creo muy importante, pero entiendo que cualquier hecho que involucre una pistola y un par de balazos suele llamar la atención de la gente.

La misma gente se decepcionó siempre rápidamente de mí porque nunca me han interesado ni el poder ni la fortuna. Lo que admiro son las flores que crecen en la basura. No he tenido suerte. Perdí mi trabajo, mi casa y casi todas mis posesiones hace un par de años. He mal vivido desde entonces en este país donde no se puede comer al amor y las deudas no se pueden pagar con amor. Cuando era joven y estaba en la universidad y era parte de la dirigencia de un movimiento estudiantil solía decir que yo no nací sin causa, yo no nací sin fe. Con los años he reafirmado que si abrazas una causa tienes que tener fe. Sino, son huevadas.

Me gustaría decir que hoy me desvivo, como dice la chaviza, a modo de reclamo ante un sistema capitalista que nos muerde, nos absorbe, y nos deshumaniza. Que lo hago porque todos quieren cambiar el mundo pero nadie quiere morir y yo no quiero ser como todos. Aunque para hablar con franqueza,no sé qué cambiaría con mi muerte… Pero lo cierto es que hago esto solo porque ya me da flojera dormir bajo el puente al lado del río tantas noches a la semana. Lo más incómodo es que va mucha gente a mear por ahí y tengo que cuidarme de que no se meen encima mío. Y luego, por supuesto, apuesta a mierda. Ahora que lo pienso, concluyo que no importa que viva ahora bajo el puente, sigo siendo yo: puedes sacar a la persona del ámbito burgués pero no las costumbres burguesas de la persona. Laputamadre.

No tengo nada más que pensar. Son las 5:30 de la tarde. Me hubiera gustado abrazar un girasol antes de pegarme un tiro pero no encuentro cerca ni una maldita florecita. En la playa no hay flores, pues. ¡Duh! Tamare. Me lamo las manos y me las paso por la cabeza pero renuncio a verme al espejo otra vez mientras pienso que en lugar de lamerme las manos debí meterlas al mar, que sería más limpio. Entonces, mejor me apuro porque si me pongo a pensar me distraigo. Pongo la pistola en mi sien derecha y digo chau mientras aprieto el gatillo...

Son las 5:30 de la mañana y estoy en la carceleta de la comisaría. Un salvavidas me vio pelear con la pistola cuando esta no funcionó y seguro pensó que iba a empezar una balacera por las playas y calles, así que vino con más salvavidas a tirarme al piso. Me dieron un golpe y lo siguiente que supe es que estaba en la carceleta. 

Yo no quería empezar una balacera. Yo solo empecé a sacudir y golpear la pistola como sacudía y golpeaba el televisor potón de la casa de mis padres cuando fallaba. ¿Cuándo se jodió la pistola ¿Tal vez siempre estuvo jodida? Bueno, qué más da. Ahora nadie me creerá que me quise matar y que la pistola no funcionó porque cuando me atraparon cayó al mar y seguro que ya se terminó de joder.

Ya es mediodía y escucho que no saben si llevarme a un penal o Larco Herrera. Lo bueno es que en cualquiera de los casos tendría cama y comida. Si me preguntan, creo que preferiría Larco Herrera, pues podría ser más limpio y menos agresivo. Aunque quién sabe...No puedo dejar de pensar que yo no tenía que vivir el mediodía de hoy. Se supone que a esta hora debería estar en la morgue o tal vez ya en la fosa común. Putamadre. Realmente todo tiempo futuro siempre fue mejor en mi imaginación.


14 octubre 2026

Sigo en un taller de escritura creativa (II)

Estimada vecina del departamento 402:

Espero sinceramente que perdone mi intromisión en su agitada rutina. 

Sucede que nuestras paredes son delgadas y dado que eso no es culpa suya ni mía y en vista que usted vive en este edificio mucho más tiempo que yo, he optado por usar tapones en los oídos, audífonos o tomar Clonazepam para dormir temprano y no entretenerme con sus historias, sus reuniones o sus interesantes clases nocturnas. Lo hago pensando en respetar su intimidad, dentro de lo posible.

Sin embargo, no puedo guardar silencio ante lo sucedido anoche. Esperaba el ascensor cuando su novio —porque el muchacho que canta canciones de Luis Miguel es su novio, ¿verdad? Ojalá no me equivoque— pasó a mi lado hablando por teléfono sabe Dios con quién e invitándole a una fiesta en su casa —la de usted— en la que se comprometía a propiciar un karaoke para cantar canciones de Romeo Santos. 

Señorita, por amor a Cristo. Romeo Santos lleva toda su carrera intentando convencernos de que su calentura es literatura. En sus canciones queda en evidencia que el hombre confundió tener libido con tener profundidad emocional.Escucharlo es quedar atrapados en el monólogo interior de un señor que descubrió el deseo sexual a los 38 años. Sus letras siguen básicamente este esquema: sexo + culpa + infidelidad + mami.

Con todo respeto, le ruego reconsidere la realización de una fiesta para homenajear a Romeo Santos. Tengo lindos discos que le puedo prestar para que amenice su velada, lo juro. 

Aunque ahora mismo caigo en la cuenta de que la fecha de la supuesta fiesta coincide con sus clases de derecho civil y societario. No le recomiendo que se salte esa clase, vecina. Lo digo por su bien pero también porque antes que escuchar a Romeo Santos prefiero escuchar a su profesora —la que siempre estornuda es la de derecho civil, ¿no?— recitando en voz alta el Código Procesal Civil. No soy ducho en la materia pero intuyo que el Código Civil no incluye la palabra mami en ninguna parte y eso ya lo hace una mejor opción. 

Atte.

Departamento 403


13 octubre 2026

Sigo en un taller de escritura creativa (I)

Nunca pensé que jugaría ajedrez con Janis Joplin.

Alguna vez imaginé que podría aparecer para participar en una de esas juergas inmemorables que solía propiciar en mis 20s, o tal vez para acompañarme en una borrachera triste, o incluso alguna noche para ayudarme a evadir un decepcionante desamor de barra.

Se sentó frente a mí sonriendo y armó el tablero con paciencia. 

Puso las blancas a mi lado. Pero no atiné a moverme.

— ¿Sabes jugar? — me preguntó.

— Lo suficiente para perder con dignidad.

Soltó una carcajada.

—La dignidad está sobrevalorada, dijo. Y volteó el tablero. 

Sentí que se me había revelado la quintaesencia de Janis Joplin. Pensé en cada interpretación de "Piece of My Heart", y en esa confirmación de que amar es también dejarse arrancar algo. Janis nunca dijo que sabía más que nosotros sobre el amor o sobre la vida. Creo que la magia reside en esa manera hermosa que tuvo de admitir que tampoco entendía nada.

— ¿Te arrepientes? —le pregunté.

— ¿De qué?

— De algo. De todo.

Se rio.

— Todo es demasiado.

Y movió un peón.

Saqué un cigarrito. Le ofrecí otro. Me ofreció fuego. Recordé cuando empecé a fumar. Tenía 15 años y me sentía muy libre por disfrutar tanto de algo que iba en contra de mi educación. Reelaboré mi pregunta.

— ¿Te arrepientes de haberte ido tan joven?

Janis dejó de sonreír.

— No me fui.

— ¿No?

— Me llevaron.

Sentí un frío pequeño en la espalda.

— ¿Quién?

Janis señaló el tablero.

— Te toca.


08 octubre 2026

Evitemos confusiones, parte 2

Lo bonito de los talleres de escritura creativa es darse un espacio para eso mismo: crear. 

Este 2026 estuve en un taller con mi amiga Kara. Ahí me obligó a escribir un par de poemas y aún no se lo perdono. A pesar de ello, lo disfruté muchísimo, pues no siempre se puede apreciar el proceso creativo de lxs verdaderxs poetas tan de cerca y eso fue exactamente lo que hice, tanto al analizar textos como al escuchar los poemas de mis compañeritxs de carpeta. Yo escribí dos bastante malos, pero también bastante honestos. Uno sobre Ayacucho y otro sobre ―y para― el chico que me quita el sueño y me ha devuelto la fe. 

Bueno, este muchacho maravilloso también es escritor. Y hace unos meses llevé un taller de escritura donde él era el profesor. Nos dejó un ejercicio muy particular: hacer una lista de palabras que respondían a una premisa y enviársela para que él le de nuestra lista a otra persona que escribiría un texto a partir de ella. A mí me salió este a partir de las palabras de mi querida Maru:

Sonó el teléfono y sentí un cólico en las tripas. 

“Putamadre, amaneció”, pensé.

Miré la pantalla del celular esperando que no sea hora de levantarme, pero lo era. ¿Por qué otra razón sonaría la alarma?

Con la confusión de quien se debate entre estar dormida y despierta, me froté los ojos con resignación. Había pasado la madrugada en vela pensando en lo último que me dijo Erik la noche anterior: “Nadie quiere a una mujer como tú”. No era la primera vez que me lo decía, pero entonces decidí que sería la última. Sin embargo, eso no hizo que el recuerdo desapareciera, pues mi cerebro decidió rumiar la idea hasta el infinito. 

Lo hermoso de las madrugadas es esa sensación de eternidad que de vez en cuando los seres humanos necesitamos para creer que estamos a salvo. Pero es difícil sentirse a salvo después de esa discusión.

“Vamos, Amaranta, no le des tanta importancia a un hombre promedio”, me dije mientras ponía la almohada sobre mi rostro y ahogaba un grito.

Me animé a levantarme de la cama repitiendo una frase que Jorge Manrique inoculó en mi mente en tercero de secundaria “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”. Por alguna razón hacer eso me pone de buen humor. En el colegio tuve que aprender las “Coplas a la muerte de su padre” y siempre me pareció curioso que ese sea el inicio de una despedida. Me estremeció pensar que esta vez tenía sentido.

Entré al baño y evité verme al espejo mientras me lavaba los dientes. Sabía que mis ojeras estaban en su sitio, pero quería evitar ver el moretón que Erik me había dejado en el rostro cuando le dije que lo dejaría. Me lanzó un puñete. Fue un golpe limpio. Pasó tan rápido que no pude esquivarlo. Es curioso cómo la velocidad del tiempo depende de cómo percibimos una situación. 

De pronto tres años juntos se sintieron breves para el amor que nos dimos y demasiado largos para el daño que nos hicimos. Ese último golpe fue torpe si lo comparo con los anteriores. El primero fue cuando teníamos tres meses saliendo, una noche en la que se nos pasó la mano tomando algarrobinas. Me reí y le dije que no era posible que se emborrachara con un par de ellas y me empujó de la silla. Caí de cabeza contra el piso y se me nubló el mundo. Cuando desperté estaba en su cama y él me acariciaba. “Perdóname, cucuriki. Yo te amo”. Y me besó, llorando. Lo abracé y nos quedamos dormidos. 

Desperté temprano y examiné con cuidado su habitación. Había estado ahí antes, pero nunca me había detenido en ella. Un cuadro de Van Gogh, Los girasoles. Siempre admiré la forma en la que jugaba con los colores, especialmente con el amarillo cadmio. Tal vez eso lo volvió loco. Al lado, un póster de El Cuervo, y más allá una foto con su familia bajo un letrero de una calle llamada Market Ave, en California. Debajo, una más grande de cuando fue al Lago Michigan a navegar con su ex esposa —la que lo engañó— y su hijo —que no quiso volver a ver a su padre después del divorcio—. “Te quiero, chochera”, decía la foto con una letra infantil. Erik tenía un polo que decía Displacement y los tres estaban envueltos en globos y serpentinas. Parecía de otra vida. Él parecía otra persona. Y tal vez lo era. Ahora lo recuerdo y me doy cuenta que nunca llegué a verlo así de feliz. 

Abrí los cajones de su mesa de noche pero al primer vistazo me dio miedo. ¿Temía invadir su privacidad o lo que sea que pudiera encontrar? Había dos libros sobre ella y desvié mi atención hacia ellos: “Quiere a ese perro”, de Sharon Creech, y “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury. Este último era uno de mis libros favoritos y la razón por la que siempre me opondré a la colonización de Marte. “No tenemos derecho a irrumpir en su planeta y cambiarle de nombre a sus tierras”, pensé en voz alta. Erik despertó y me abrazó cantando una canción que no conocía y que luego averigüé que se llamaba “Your heart is as black as night”. Entonces la encontré encantadora. Definitivamente no entendía nada de lo que decía.

No todo fue malo: Erik preparaba las mejores ensaladas César, los mejores queques de plátano y siempre me regalaba tulipanes. Pero no pude pensar en eso anoche, cuando trató de clavarme un tenedor en el pecho. No recuerdo sus gritos tanto como los latidos de mi corazón. Pensé que se me saldría por la boca. Me faltaba la respiración y no podría dar cuenta de lo que sentía mi cuerpo. Logré zafarme de él cuando tropezó al rodear la mesa del comedor. Pero no corrí a la salida, sino a su cuarto. Cerré la puerta y lo escuché correr hacia mí gritando que me había hecho un favor al quererme mientras Brandon Lee me miraba fijamente desde la pared. Hubiera querido llamar a alguien y pedir ayuda. O tal vez no. Erik por fin abrió la puerta y yo el cajón de su mesa de noche. 

Nunca había usado una pistola. Tal vez por eso la fuerza del disparo me aventó al piso y ambos caímos al suelo al mismo tiempo. Perdí la noción del espacio por unos segundos, creo, pero me obligué a pararme al sentir el sudor en mi espalda y unas ganas incontrolables de mear. Me puse de pie. El olor a pólvora entró de golpe a mis pulmones. Me acerqué a Erik. Me miró. No pude decirle nada. “Murk”, dijo él en voz alta. Tiré el arma a su lado y salí caminando. Pensé que se levantaría, tomaría el arma y me devolvería el disparo. Casi lo esperaba. 

“¿Por qué no lo hizo?”, me pregunté casi con rabia.

Levanté la vista y me miré al espejo. Ahí estaba el moretón. Extendí mi mano para palparlo y sentir el dolor, cuando tocaron la puerta de mi departamento con cierta desesperación. “Gracias a Dios”, pensé. Por fin respiré aliviada.