04 junio 2010

Insomnio

"No puedes dormir porque tienes sueños atrasados". A veces la sabiduría materna es infinita e inexplicable. Y a veces, involuntaria.

Yo, que adoro el efecto de mi imaginación cuando entra en complicidad con mi almohada, arropada con mis sábanas favoritas... no puedo conciliar el sueño los últimos días, y mi progenitora acertó, improvisadamente.

Tengo sueños atrasados. También realidades. Ahora, en mis horas de insomnio, me pongo a idear estrategias para recuperar mi costumbre de dormir tarde y despertar tranquila.

Mientras tanto, aquí me tienen, a las 4 de la madrugada.

09 mayo 2010

Ma'

"Ya me cansé de leerte siempre los mismos cuentos. ¿Quieres seguir leyendo? Aprende a leer, pues, hijita".
Un día de 1985
Y nunca más volví, mamá.

26 abril 2010

Figuritas after click

El único curso por el que hubiera tomado la universidad si no me ponían de nota mínima 19, fue Laboratorio Fotográfico. Desde la enanitud tuve un apego especial por la cámara. Por tomar fotos más que por protagonizarlas, aunque ni mi vocación ni mi mayor talento sea mirar a través de los angulares, teleobjetivos y demás, adoro jugar con las imágenes y con lo que la gente puede ver a través de ellas.

¿Qué buscamos con una foto? Nino, el chico de Amelie, coleccionaba las fotos tamaño DNI que la gente se tomaba en las estaciones de tren y que desechaba porque no querían recordarse de esa manera de aquí a la eternidad. Perpetuar. Perpetuarse. Recordar. No todos miramos las fotos con los mismos ojos, ni las miramos la primera vez igual que la última, pero me gusta repasar de vez en cuando la importancia que le damos a las imágenes que amenazan con ser eternas.

El personaje de Robin Williams en una película malísima llamada "Retrato de una obsesión" (él era un sujeto que revelaba fotos en un laboratorio) concluyó sabia y obviamente en que nunca tomaremos fotos de un momento triste o doloroso, pues siempre buscamos salir sonriendo en todas nuestras imágenes. La felicidad y los únicos recuerdos que queremos guardar. Supongo que es lo que intenta hacer la gente normal: tener todas las sonrisas del mundo para mostrar. La historia de el pobrecito que todos llevamos dentro queda mejor para contarla fuera de los portarretratos.

Es cierto que si sabes verlas, como dice Arturo Pérez - Reverte, una fotografía puede calatearte frente al respetable. Firme creyente de ello, procuro guardarme la mayor parte de mi calatería para saber con quien compartirlo. Porque cuando alguien te muestra una foto y la miras a la ligera es una falta de respeto ante la desnudez del otro. Entonces, no se la muestres a quien no las respeta.

Esta canción le encanta a mi mamá. Ella ve fotos solo para recordar que vivió, por eso tiene pocas fotos suyas, pero le gusta tener fotos de la gente que quiere, para sentir que las quiere un poquito más cuando las ve. A mi las fotos me nostalgian muchísimo y las palabras para contarles lo que veo después del click, se me chorrean entre los dedos. 

04 abril 2010

Quo Vadis?



Semana Santa Catalínica:

Extraño sentarme frente a la ventana.
Extraño hacer collage con papeles de colores.
Extraño sentarme frente en la puerta de casa y comer chocolates.
Extraño las despreocupaciones compartidas con los amigos.
Extraño las misas de jueves santo.
Extraño ver películas en el comedor, aun en pijama.
Extraño al viejo para ver películas.
Extraño las tareas del colegio de fin de semana largo.
Extraño la casa de Collique.
Extraño, me.

26 marzo 2010

Despídete

Para la novia y para la negra,
porque ellas entienden que
no hay que entenderlas, solo vivirlas.

Despedirse es mucho muy cotidiano, pero hay despedidas a las que le asignamos un status casi totémico. Supongo que eso pasa con las que más duelen.

Ayer hablaba con la novia sobre las despedidas totémicas, recordando que a pesar de todo son mejores cuando son de un solo tajo. Recordaba también que cuando suceden siempre es la negra la que me dice "esto también va a pasar". Y que la última vez que tuve una de esas la pioja estaba en Lima y me dijo "mejor así", mientras me ayudaba a recoger algunos pedacitos de vida que se quedaron en la Plaza San Martín. Las despedidas más dolorosas que viví tal vez no las superaré nunca, pero todos los días aprendo a (o al menos lo intento) vivir con ellas (o con ellos, porque mi papá y mi padrino se fueron sin despedirse).

Miraba los ojitos de la novia, hinchados y compungidos, sellados con la figurita de los signos de interrogación que acompañan estas despedidas donde uno no entiende nada así lo entienda realmente. Sus ojeras eran dos bolsitas que guardaban toda la tristeza del mundo. 

Las despedidas pasan y uno aprende a vivir con las ausencias que dejan los nuevos extraños. Entonces, abracé a la novia con más fuerza y me quedé viendo como dormía bajo las estrellas, mientras yo pensaba cómo podríamos acompañar a Alicia hacia el país de las maravillas.

04 marzo 2010

Primer día de clases

No recuerdo mi primer día de clases. Dice mamá que no lloré y quien se quedó llorando fue ella, pues su unigénita correctamente uniformada con mandilito de cuadritos celestes y con dos colitas amarradas con pilimili blanco, entró por el estrecho patio diciendo "chau mami, vienes por mi más tarde, ¿ya?"

Cuenta la leyenda que cuando entré al salón de clases donde habían decenas de niños llorando desconsoladamente, me convertí en la nueva mejor amiga de la auxiliar, al acercarme a muchos de esos niñitos y niñitas diciendo "no llores, tu mamá va a volver, ¿vamos a jugar?".

Yo solo recuerdo que lloré (a escondidas, claro) el primer día de clases de Gianfranquito, allá en el 2005. No dormí por terminar de forrar sus cuadernos, como casi nunca dormía en mis primeros días de clases esperando, con los zapatos bien lustrados, que amanezca. A las 7 de la madrugada, cuando ponía la última cinta adhesiva con su nombre a su caja de colores, mi niño bajó las escaleras con su bucito verde y sus zapatillas blancas nuevitas. El mismo modelo de bucito verde que yo usara 19 años antes, mire usted.

Gianfranquito tampoco lloró el primer día de clases. Pero esta vez yo recuerdo interminables charlas de filosofía infantil de por medio para que mi ahijado cumpla dignamente el papel de empezar a caminar solo por el mundo. No calculé que derramaría lágrimas al verlo irse corriendo, arrastrando su maletita. Creció pues. No más comidas en la boca, no más mañanas de invierno jugando con el carrito grande, no más poses de bebito: crezca usted!

Entonces entendí por qué mi mamá lloró cuando me vio entrar al jardín, además de su extrema sensibilidad y su complejo de gallina: sabía que de alguna forma me había perdido. Me perdió para que me encuentre yo. Y que desde entonces me tuvo que seguir perdiendo.

El problema es que a veces me pierdo de mi, y no hay miss Charito que me ayude a encontrarme. Aunque aun hay mamá que me espere para apapacharme en medio de cualquiera de las lecciones que ahora se le ocurre darme a la vida, las cuales -hay que reconocer- no siempre puedo aprobar con las mismas maravillosas notas que en el colegio.

¿Será que los primeros días de clases ya no se anuncian con la misma anticipación y claridad que entonces? Parece que lo único que arrastro desde mis primeras incursiones ochenteras a las aulas, es la anotación al final del cuadernito: "excelente alumna, pero muy traviesa".

En ese tiempo no me bajaban mis notas por hacer travesuras, parece que ahora todo depende de ellas, y que la curiosidad -o la imprudencia- ciertamente, si no mata a la gata, al menos la deja tantito magullada.

14 febrero 2010

Valiente(s)

Siempre creí que Valentín significaba valiente. Según he leído en los diccionarios de nombres, parece que no es precisamente ese su significado. Dicen que significa robusto, saludable y otras cosas, pero para mí sigue significando valiente.

Cuenta la historia que un monje que ahora es santo, murió hace más de 1900 años porque se le ocurrió (felizmente para los interesados) desobedecer a un emperador y casar a gente a escondidas. Valentín fue entonces desobediente y valiente, pues sabía que si lo ampayaban (como sucedió), pagaría la "osadía" con su vida, como fue finalmente. El sujeto se las jugó por lo que creyó correcto, y quien se la juega por lo que cree, merece no solo respeto, sino que me saque el bombín y haga una respetuosa venia.

En realidad no odio tanto el día de san valentín. Lo odio tanto como solo puedo odiar la prostitución de fechas, pero eso es en general porque prostituyen (valga la redundancia) los ritos, pero me sigo sacando el bombín por quienes conservan la esencia del asunto. Por ejemplo, Virgie y Bubba, el par de tórtolos que han despertado mi vocación de magdalena fuentes al anunciarme que se casaban. Y que yo seré una de las que avale semejante aventura. Por Dios!

Firmaré feliz y mocosa el acta de matrimonio de este par, recordando el inicio de su historia con una versión distinta de una conversación en la catedral, donde las señales, el destino, el rey temporal y el rey eternal fueron las protagonistas. No tengo idea de si los wiyos durarán toda la vida (sería lo ideal, voto por ello) o no, y casi podríamos decir que tampoco me importa (en realidad sí, pero leánlo en el mejor sentido por favor). Me importa más su ahora, feliz.

Me parece increíble es que este par se agarre de la mano y decidan ser valientes a dúo, que se quieran lo suficiente como para apostar porque durará más allá de lo que los mortales pueden soportar la tentación de coger sus propias salidas de emergencia, y que tengan la intención de compartir todos los mundos posibles e imposibles de ambos. Voto por ayudarles a bloquear las salidas de emergencia y recordarles que en febrero del 2010 pensaron que debían tomarse fuertemente de la mano, tomar su pastilla de valentinix forte y caminar juntos. 

11 febrero 2010

Mujer al sol


Nací en medio del esplendor del verano de 1983. Ese año el Perú registró uno de los peores Fenómenos del Niño de su historia, por lo que los rayos ultravioletas y el bochorno que se sentía era, dicen los entendidos, más que insoportable. Mujer al sol = charqui. 

Me gusta decir que mi madre estaba a punto de decir "o sales o te saco" mientras sufría bajo el vestido de maternidad, pues lo más probable es que sí lo haya dicho, aunque su vocación de mártir nunca la dejará confesarlo. Lo pienso sobre todo porque al final no salí: me sacaron. Es decir, mi madre tuvo que sufrir una cesárea perfecta para la línea del vikini para que yo pueda estar ahora, 27 años después, escribiendo estas paparruchadas. 

Ahora la tortura del calor ya no viene cortesía del Fenómeno del Niño, sino del calentamiento global que juega con el clima a su antojo. Yo lo sufro doblemente porque trabajo en el Centro de Lima y ahí no solo una está expuesta al sol, sino también al smog más persistente de la ciudad. En realidad a menos que esté desparramada en la playa, sin nada en qué preocuparme que no sea ponerme el suficiente bloqueador para no quedar en estado chicharronesco, nunca me verán cantando "sal solcito, caliéntame un poquito".

Siempre lo mejor del verano serán las nochecitas frescas. La sensación de juventud que trae el recuerdo de las vacaciones escolares. Los helados, cuando me derretía por ellos, y el cabello largo que nunca debí cortarme. La sensación de un futuro interminable. Las tardes de bicicleta (siempre ajenas, nunca mías). Y la idea de escuchar música soñando con desparpajo, o de esconderme bajo la cama a leer.

Los veranos, tal vez porque coinciden con mi cumpleaños (el 15 de febrero para los curiosos), me dan más que nostalgia del pasado, ganas de presente y futuro. Este verano cumplo 27 años. No me trauma mi edad, al contrario. Lo que me da miedo es no seguir creciendo.

03 febrero 2010

A quien corresponda

Yo no quiero morirme sin ver antes una puesta de sol así, contigo.
Quienquiera que sea tigo.

05 enero 2010

Hay golpes con la bicla, tan fuertes yo no sé

O hubiera preferido no saber. 

Ayer, cumpliendo uno de mis propósitos 2010, salí a manejar bicicleta. Lo hago todas las noches desde hace una semana y me hago la valiente ante las miradas burlonas de las personas con las que me cruzo. Sí, sí, puede ser vergonzoso aprender a manejar bici a los 26 años casi 27, pero tengo tantas ganas de aprender que he logrado convencerme de que no me importa.

Subía entonces por una acera de la Residencial San Felipe montando la bici, pensando en que aprenderé rápido y que pronto podré pasear por la vida como Meg Rian manejando sin manos o a la velocidad con la que Elliot llevaba a ET...cuando de pronto me di cuenta que en la perfecta línea imaginaria por la que manejaba, se cruzaba un poste...con el cual me estrellé sin atinar a manipular el freno. Creo que en un nanosegundo decidí que no importaba si lo manipulaba, que igual me iba a estrellar, que igual me iba a caer, que igual me iba a doler...

Y sí. Me estrellé, me caí, me dolió. Aun me duele. Fui consciente de cada uno de los golpes que la bicicleta me dio en distintas partes del cuerpo y de cada uno de los segundos que demoré en estrellarme y revolcarme contra el césped, al cual me aferré, sintiendo su olor verde húmedo, recién regado. Y en el cual me refugié, abrazándolo, como si el no haber apretado el freno tuviera que ver con que busqué aterrizar en la grama. 

Me quedé ahí viendo pasar el tiempo, regodeándome en mi dolor. La gente que pasaba me miraba. No sabían si reír, ayudarme o hacer qué. Así, mi primera lección como ciclista fue que cuando te caes y estás avergonzada y herida eres más consciente del tiempo y los segundos duran lo que dura una era geológica. Rompí el momento incómodo y le devolví velocidad a la vida con una carcajada. La gente a mi alrededor volvió a circular con normalidad. 

Después de semejante teatro me levanté y seguí manejando. Seguía riéndome pero también se me chorrearon las lágrimas. Supongo que porque ya no tengo 10 años y nadie me está sosteniendo la bici. Pero, ¿por qué querría que alguien me la sostenga? Eventualmente se me secaron las lágrimas y los mocos y fui de largo por unas cuatro horas, creo. Manejé por todo el malecón, ida y vuelta, titubeando menos. O, en todo caso, titubeando mejor.

Y ahora que escribo esto caigo en cuenta de lo sucedido. JODER. Me saqué la entreputa pero de verdad aprendí a manejar bicicleta.

WOW. No tengo idea de qué pasará mañana, pero ahorita mismo me siento como si acabara de volar entre las estrellas :)

02 enero 2010

2010


Se supone que para este 2010 ya pasó la crisis económica... se fue de la mano del 2009. Yo no confío en esa suposición. Por último si esa crisis se va, siempre quedarán otras. Las crisis se superponen, como para darle a uno el trabajo de tener que establecer prioridades, y ni bien se sale de una, ponerse a pensar como solucionar a la otra sin vacaciones. Las existenciales, por ejemplo.

A algunas personas las crisis les aumentan con los años, pero yo creo que tengo las mismas crisis desde hace más o menos cinco años. Han cambiado de perspectiva, pero el leitmotiv es el mismo. O tal vez mis crisis no han ido in crescendo porque no tengo crisis por mi edad (la única edad que me causa una crisis es la de mi ahijado: ya tiene 8, terror!), ni por mi peso, ni porque se me rompan las uñas.

El año recién comienza, pero ya hay señales que me hacen ver que se va a ir igual de rápido que los otros, o tal vez hasta más. Cuando trabajas en un diario vives adelantado un día, y estos se te escurren como agua en el colador. Y en los casi 20 días que van del año, la cantidad de veces que he dicho "mañana lo hago" es directamente proporcional a la cantidad de gente que ha ido a ver a Metallica, me alegro de haber modificado mis propósitos de año nuevo.

Los reduje a: darme más tiempo para leer, manejar bicicleta, retomar el diplomado y la tesis.

No es que mi ambición se haya reducido, sino que aprendí a diferenciar propósitos de deseos. Lo que depende de mi y lo que depende de alguien más. Lo que depende más de mi que del mundo, o de algunas personas en particular. Y con eso no reduzco mis crisis existenciales, solo trato de evitarme algunas crisis innecesarias. ¿Qué dirá mi balance 2010 al respecto?