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03 marzo 2015

La bomba

"La capacidad de reacción de un hombre contra la cultura y la moral que se le ha dado, depende siempre del calibre de la bomba que él, misteriosamente, se ocupó de enterrar debajo de todo eso. Hay quienes no les estalla nunca la bomba y a quienes les estalla tarde. Eso nunca se sabe. Pero gracias a aquellas siestas con lectura clandestina, podemos hoy saber que tenemos bomba".

Francisco Umbral
Memorias de un niño de derechas

09 mayo 2010

Ma'

"Ya me cansé de leerte siempre los mismos cuentos. ¿Quieres seguir leyendo? Aprende a leer, pues, hijita".
Un día de 1985
Y nunca más volví, mamá.

26 abril 2010

Figuritas after click

El único curso por el que hubiera tomado la universidad si no me ponían de nota mínima 19, fue Laboratorio Fotográfico. Desde la enanitud tuve un apego especial por la cámara. Por tomar fotos más que por protagonizarlas, aunque ni mi vocación ni mi mayor talento sea mirar a través de los angulares, teleobjetivos y demás, adoro jugar con las imágenes y con lo que la gente puede ver a través de ellas.

¿Qué buscamos con una foto? Nino, el chico de Amelie, coleccionaba las fotos tamaño DNI que la gente se tomaba en las estaciones de tren y que desechaba porque no querían recordarse de esa manera de aquí a la eternidad. Perpetuar. Perpetuarse. Recordar. No todos miramos las fotos con los mismos ojos, ni las miramos la primera vez igual que la última, pero me gusta repasar de vez en cuando la importancia que le damos a las imágenes que amenazan con ser eternas.

El personaje de Robin Williams en una película malísima llamada "Retrato de una obsesión" (él era un sujeto que revelaba fotos en un laboratorio) concluyó sabia y obviamente en que nunca tomaremos fotos de un momento triste o doloroso, pues siempre buscamos salir sonriendo en todas nuestras imágenes. La felicidad y los únicos recuerdos que queremos guardar. Supongo que es lo que intenta hacer la gente normal: tener todas las sonrisas del mundo para mostrar. La historia de el pobrecito que todos llevamos dentro queda mejor para contarla fuera de los portarretratos.

Es cierto que si sabes verlas, como dice Arturo Pérez - Reverte, una fotografía puede calatearte frente al respetable. Firme creyente de ello, procuro guardarme la mayor parte de mi calatería para saber con quien compartirlo. Porque cuando alguien te muestra una foto y la miras a la ligera es una falta de respeto ante la desnudez del otro. Entonces, no se la muestres a quien no las respeta.

Esta canción le encanta a mi mamá. Ella ve fotos solo para recordar que vivió, por eso tiene pocas fotos suyas, pero le gusta tener fotos de la gente que quiere, para sentir que las quiere un poquito más cuando las ve. A mi las fotos me nostalgian muchísimo y las palabras para contarles lo que veo después del click, se me chorrean entre los dedos. 

04 abril 2010

Quo Vadis?



Semana Santa Catalínica:

Extraño sentarme frente a la ventana.
Extraño hacer collage con papeles de colores.
Extraño sentarme frente en la puerta de casa y comer chocolates.
Extraño las despreocupaciones compartidas con los amigos.
Extraño las misas de jueves santo.
Extraño ver películas en el comedor, aun en pijama.
Extraño al viejo para ver películas.
Extraño las tareas del colegio de fin de semana largo.
Extraño la casa de Collique.
Extraño, me.

26 marzo 2010

Despídete

Para la novia y para la negra,
porque ellas entienden que
no hay que entenderlas, solo vivirlas.

Despedirse es mucho muy cotidiano, pero hay despedidas a las que le asignamos un status casi totémico. Supongo que eso pasa con las que más duelen.

Ayer hablaba con la novia sobre las despedidas totémicas, recordando que a pesar de todo son mejores cuando son de un solo tajo. Recordaba también que cuando suceden siempre es la negra la que me dice "esto también va a pasar". Y que la última vez que tuve una de esas la pioja estaba en Lima y me dijo "mejor así", mientras me ayudaba a recoger algunos pedacitos de vida que se quedaron en la Plaza San Martín. Las despedidas más dolorosas que viví tal vez no las superaré nunca, pero todos los días aprendo a (o al menos lo intento) vivir con ellas (o con ellos, porque mi papá y mi padrino se fueron sin despedirse).

Miraba los ojitos de la novia, hinchados y compungidos, sellados con la figurita de los signos de interrogación que acompañan estas despedidas donde uno no entiende nada así lo entienda realmente. Sus ojeras eran dos bolsitas que guardaban toda la tristeza del mundo. 

Las despedidas pasan y uno aprende a vivir con las ausencias que dejan los nuevos extraños. Entonces, abracé a la novia con más fuerza y me quedé viendo como dormía bajo las estrellas, mientras yo pensaba cómo podríamos acompañar a Alicia hacia el país de las maravillas.

04 marzo 2010

Primer día de clases

No recuerdo mi primer día de clases. Dice mamá que no lloré y quien se quedó llorando fue ella, pues su unigénita correctamente uniformada con mandilito de cuadritos celestes y con dos colitas amarradas con pilimili blanco, entró por el estrecho patio diciendo "chau mami, vienes por mi más tarde, ¿ya?"

Cuenta la leyenda que cuando entré al salón de clases donde habían decenas de niños llorando desconsoladamente, me convertí en la nueva mejor amiga de la auxiliar, al acercarme a muchos de esos niñitos y niñitas diciendo "no llores, tu mamá va a volver, ¿vamos a jugar?".

Yo solo recuerdo que lloré (a escondidas, claro) el primer día de clases de Gianfranquito, allá en el 2005. No dormí por terminar de forrar sus cuadernos, como casi nunca dormía en mis primeros días de clases esperando, con los zapatos bien lustrados, que amanezca. A las 7 de la madrugada, cuando ponía la última cinta adhesiva con su nombre a su caja de colores, mi niño bajó las escaleras con su bucito verde y sus zapatillas blancas nuevitas. El mismo modelo de bucito verde que yo usara 19 años antes, mire usted.

Gianfranquito tampoco lloró el primer día de clases. Pero esta vez yo recuerdo interminables charlas de filosofía infantil de por medio para que mi ahijado cumpla dignamente el papel de empezar a caminar solo por el mundo. No calculé que derramaría lágrimas al verlo irse corriendo, arrastrando su maletita. Creció pues. No más comidas en la boca, no más mañanas de invierno jugando con el carrito grande, no más poses de bebito: crezca usted!

Entonces entendí por qué mi mamá lloró cuando me vio entrar al jardín, además de su extrema sensibilidad y su complejo de gallina: sabía que de alguna forma me había perdido. Me perdió para que me encuentre yo. Y que desde entonces me tuvo que seguir perdiendo.

El problema es que a veces me pierdo de mi, y no hay miss Charito que me ayude a encontrarme. Aunque aun hay mamá que me espere para apapacharme en medio de cualquiera de las lecciones que ahora se le ocurre darme a la vida, las cuales -hay que reconocer- no siempre puedo aprobar con las mismas maravillosas notas que en el colegio.

¿Será que los primeros días de clases ya no se anuncian con la misma anticipación y claridad que entonces? Parece que lo único que arrastro desde mis primeras incursiones ochenteras a las aulas, es la anotación al final del cuadernito: "excelente alumna, pero muy traviesa".

En ese tiempo no me bajaban mis notas por hacer travesuras, parece que ahora todo depende de ellas, y que la curiosidad -o la imprudencia- ciertamente, si no mata a la gata, al menos la deja tantito magullada.

14 febrero 2010

Valiente(s)

Siempre creí que Valentín significaba valiente. Según he leído en los diccionarios de nombres, parece que no es precisamente ese su significado. Dicen que significa robusto, saludable y otras cosas, pero para mí sigue significando valiente.

Cuenta la historia que un monje que ahora es santo, murió hace más de 1900 años porque se le ocurrió (felizmente para los interesados) desobedecer a un emperador y casar a gente a escondidas. Valentín fue entonces desobediente y valiente, pues sabía que si lo ampayaban (como sucedió), pagaría la "osadía" con su vida, como fue finalmente. El sujeto se las jugó por lo que creyó correcto, y quien se la juega por lo que cree, merece no solo respeto, sino que me saque el bombín y haga una respetuosa venia.

En realidad no odio tanto el día de san valentín. Lo odio tanto como solo puedo odiar la prostitución de fechas, pero eso es en general porque prostituyen (valga la redundancia) los ritos, pero me sigo sacando el bombín por quienes conservan la esencia del asunto. Por ejemplo, Virgie y Bubba, el par de tórtolos que han despertado mi vocación de magdalena fuentes al anunciarme que se casaban. Y que yo seré una de las que avale semejante aventura. Por Dios!

Firmaré feliz y mocosa el acta de matrimonio de este par, recordando el inicio de su historia con una versión distinta de una conversación en la catedral, donde las señales, el destino, el rey temporal y el rey eternal fueron las protagonistas. No tengo idea de si los wiyos durarán toda la vida (sería lo ideal, voto por ello) o no, y casi podríamos decir que tampoco me importa (en realidad sí, pero leánlo en el mejor sentido por favor). Me importa más su ahora, feliz.

Me parece increíble es que este par se agarre de la mano y decidan ser valientes a dúo, que se quieran lo suficiente como para apostar porque durará más allá de lo que los mortales pueden soportar la tentación de coger sus propias salidas de emergencia, y que tengan la intención de compartir todos los mundos posibles e imposibles de ambos. Voto por ayudarles a bloquear las salidas de emergencia y recordarles que en febrero del 2010 pensaron que debían tomarse fuertemente de la mano, tomar su pastilla de valentinix forte y caminar juntos. 

02 enero 2010

2010


Se supone que para este 2010 ya pasó la crisis económica... se fue de la mano del 2009. Yo no confío en esa suposición. Por último si esa crisis se va, siempre quedarán otras. Las crisis se superponen, como para darle a uno el trabajo de tener que establecer prioridades, y ni bien se sale de una, ponerse a pensar como solucionar a la otra sin vacaciones. Las existenciales, por ejemplo.

A algunas personas las crisis les aumentan con los años, pero yo creo que tengo las mismas crisis desde hace más o menos cinco años. Han cambiado de perspectiva, pero el leitmotiv es el mismo. O tal vez mis crisis no han ido in crescendo porque no tengo crisis por mi edad (la única edad que me causa una crisis es la de mi ahijado: ya tiene 8, terror!), ni por mi peso, ni porque se me rompan las uñas.

El año recién comienza, pero ya hay señales que me hacen ver que se va a ir igual de rápido que los otros, o tal vez hasta más. Cuando trabajas en un diario vives adelantado un día, y estos se te escurren como agua en el colador. Y en los casi 20 días que van del año, la cantidad de veces que he dicho "mañana lo hago" es directamente proporcional a la cantidad de gente que ha ido a ver a Metallica, me alegro de haber modificado mis propósitos de año nuevo.

Los reduje a: darme más tiempo para leer, manejar bicicleta, retomar el diplomado y la tesis.

No es que mi ambición se haya reducido, sino que aprendí a diferenciar propósitos de deseos. Lo que depende de mi y lo que depende de alguien más. Lo que depende más de mi que del mundo, o de algunas personas en particular. Y con eso no reduzco mis crisis existenciales, solo trato de evitarme algunas crisis innecesarias. ¿Qué dirá mi balance 2010 al respecto?

02 noviembre 2009

Érase la luna

La luna siempre tiene historias. Románticas (en todos los sentidos de la palabra), melancólicas, depresivas, terroríficas, eróticas...

La luna llena para mi es una guía por un camino que aun no existe o que aún no conozco. El recuerdo de una niña de nueve años caminando a tientas por lugares desconocidos, sin más guía que la luna y la confianza traducida en una mano apretadando la mano de mamá.

Hoy en mi Lima, la gris, preciosa, tugurizada y "culturizada" (me dijeron), la luna llena brilla más llena que nunca. ¿Y eso? Vaya usté a saber. Yo la veo y me trae recuerdos. Muchos, un montón. Recuerdos de cosas que pasaron y de otras que nunca sucedieron, de cosas que pasarán y de cosas que me gustaría que pasen algún día, aunque sea un ratito.

Hay canciones de luna, muchas: desde la luna lunera cascabelera hasta la cincuenta versiones de Dancing in the moonlight, pasando por (qué feo recuerdo), la "luna" de Ana Gabriel. O de la maravillosa Fly me to the moon.

Pero hoy pensaba en esta canción, la de Mecano, la de la Torroja, y no porque me recuerda una noche de luna, sino una madrugada de lluvia, aguacero torrencial (como la Torroja) y una de las primeras últimas despedidas de papá. Y me recuerda que los recuerdos más tristes también una también se los fabrica, con toda la irresponsabilidad del mundo.

11 junio 2009

Periodista aprendiz busca Remington Rand desaparecida hace 10 años


Uno de mis tesoros de infancia fue la vieja Remington de mi papá. Yo juraba sería mi mejor herencia, pero se apartó de la familia por causas desconocidas. Como el padre que se va a comprar cigarrillos y no regresa, ella se fue a la oficina de papá para redactar algunos documentos y parece que olvidó el camino de regreso. Estaba viejita la pobre... le habrá dado alzehimer?

A veces miro la mesa del comedor y me veo a los 13, 14, a los 16 años tipeando de amanecida los trabajos del colegio, mientras soñaba que toda la vida tipearía en ella, y me pregunto... dónde estará ahora?

Y era exactamente así como la ven en la foto... solo que se había salido el esmalte de lo viejita que andaba la pobre, y de todas las cosas que habíamos escrito juntas habían un par de letras que me costaba reconocer a simple vista, pero que mis manos conocían de memoria. Ah, la memoria de los sentidos!

Si alguien la ha visto, por favor, avíseme. Y un pedido a un par de mis grandes amigos que sé me quieren ayudar a encontrarla: no me la regalen!!! No me ayudarían... esta máquina y yo tenemos un tema pendiente, que necesitamos arreglar solo las dos, y para eso tenemos que encontrarnos frente a frente y tengo yo que sacar dinero de mi billetera para pagar la fianza. Pero si me dicen donde encontrarla, les doy un abrazo, un beso y un toblerone.

Entonces, ¿ayudaran a que esta aprendiz de periodista haga que nunca más falte en su hogar una Remington Rand?

06 abril 2009

¿A qué hueles?

Mejor dicho, ¿qué olores tiene tu vida?

Hay olores que perduran, olores que te hacen correr, olores que te hacen volver la cabeza, olores que te hacen doler la cabeza (por razones distintas), olores que actúan como máquina del tiempo, otros como la única tablita que te mantiene a flote en el mar de un recuerdo que no quieres dejar escapar... e te cé. 

Hay olores que la memoria bloquea, otros que la memoria aviva, y hasta aquellos que la memoria nunca deja de tener a flor de piel. Creo que los olores son más difíciles de recordar que las imágenes, que los sonidos, que los sabores y hasta que las texturas. Tal vez por eso, me parece que guardamos con más presición los 'buenos' olores. Los malos simplemente 'apestan' y ya. Y tal vez por eso cuando viene uno de ellos a mi cabeza, o a mi nariz, una sobredosis de adrenalina suele recorrerme el espinazo del diablo, mientras las mariposas de Mauricio Babilonia revolotean en mi estómago. No cualquier olor regresa a la memoria, o no cualquier olor la reactiva.

Por el olor recuerdo (y con muchos de ellos se me pone la piel de gallina y todo lo dicho antes) la sala Eco, la casa de mi padrino, el lápiz labial 'pimienta caliente' de mamá, a mi papá, al primer chico que me gustó, al que me gusta, los primeros meses de mi ahijado, mis primeros días de clases en el colegio, la facultad, la torta de galletas y chocolate de la abuela... Cuando leí "Día de Visita" de Marco Avilés, recordé por qué me gusta tanto el café: porque el café sin olor no es más que un trago amargo.



Pd. Pongo "tu nombre me sabe a hierba" porque me encanta la forma en que Serrat obliga a que reutilicemos nuestros sentidos. Además, ¡es Serrat!