Mio, todo mio. Noviembre se caracteriza por pasar casi desapercibido entre los comerciales de panetón y las cuentas que uno hace para tratar de regalarle algo a todos los que quiere (o dice querer). Noviembre para mi nunca ha existido, ha sido siempre la continuación del turrón de octubre que se abre paso entre las primeras caritas de Papá Noel que aparecen en el mercado.
Pero este año me propuse hacer que exista. Y a la par de aderezarlo con el primer mes de mudanza, y todo lo que ello conlleva (aprendizajes superpuestos que le llamo), toca volver a viajar a un lugar que de mi depende rescatar mis mejores nostalgias y ponerle algunos puntos de color en medio del paisaje perpetuamente decorado en una preciosa escala de grises. Regresando toca escuchar al gran Juan Carlos Baglietto, a cantar que solo se trata de vivir (esa es la historia), tratando de tirar una moneda al aire...
Ah... yo quiero que este noviembre exista, y está existiendo. Lo estoy haciendo existir. He jurado solemnemente no quejarme de la existencia del lunes, ni del domingo, sino procurar hacer divertidos los días de la semana, que al final son tan poquitos que apenas se dan tiempo de existir los pobres, y tienen que recurrir a la repetición perpetua.
Y noviembre me espera hace meses con esto esto, con la oportunidad de gritar, entre otras cosas, "I wanna breathe that fire again" como se debe.
Una del posible set list... queda.
La luna llena siempre tiene historias. Románticas (en todos los sentidos de la palabra), melancólicas, depresivas, terroríficas, eróticas... ¿ninguna feliz, o es que estoy viendo un mundo ensombrecido por algún artificio del que soy víctima de nacimiento? Whatever. La luna llena para mi es una guía, del camino que aun no existe, o que aun no conozco. El recuerdo de una niña de nueve años caminando a tientas por lugares desconocidos, sin más guía que la luna y la confianza traducida en una mano apretadando la mano de mamá y otra del guía, o de quien había que creer que guiaría la hora y media de caminata nocturna y nos llevaría a buen puerto.
Hoy en mi Lima, la gris, preciosa, tugurizada y "culturizada" (como me dijeron hoy), la luna llena brilla más llena que nunca. ¿Y eso? Vaya usté a saber, que la luna es mujer y de las más complicadas. A mi la luna me trae recuerdos. Muchos, un montón. Recuerdos de cosas que pasaron, de cosas que pasarán y de cosas que me gustaría que pasen algún día, aunque sea un ratito.
Hay canciones de luna, muchas: desde la luna lunera cascabelera hasta la cincuenta versiones de Dancing in the moonlight, pasando por (qué feo recuerdo), la "luna" de Ana Gabriel (si usted no la ha escuchado, ni la busque, a menos que tenga tendencias masoquistas o intente hacerle pasar un mal rato a alguien). Pero a mi me gusta esta, la de Mecano, la de la Torroja, y no porque me recuerda una noche de luna, sino una madrugada de lluvia, aguacero torrencial (como la torroja) y una de las primeras últimas despedidas de papá. Y me recuerda que los recuerdos más tristes también uno también se los fabrica, con toda la irresponsabilidad del mundo.
Subrayados: sonidos del mundo, voz en off
"Ten cuidado con lo que deseas, que se puede hacer realidad". Hay deseos y deseos. Recuerda que hay un mandamiento que dice "no desearás a la mujer de tu prójimo", aunque igual los deseos se disparan, a lo que es del prójimo o a lo que aun no es del prójimo, pero tampoco es propio.
Pero, ¿qué pasa cuando alcanzamos nuestro objeto de deseo (sea carnal o algo más 'espiritual'/material/todas las anteriores y más)? Pues lo disfrutamos tantito... y tantito también salta otro deseo a nuestra cabeza.
Dice la sabia Wikipedia que "El deseo es la consecuencia final de la emoción inducida en origen por la variación del medio. La cadena causa-efecto que le corresponde es la siguiente: Emoción -> Sentimiento -> Deseo." o en buen cristiano wikipediano, el deseo es "el anhelo de saciar un gusto". Déjese usted llevar por el espíritu, arrastrar por el anhelo de saciar sus gustos, o préndale velitas al santo de su preferencia (o al que mejor le hayan marketeado), pero a esta señorita, su corta vida le ha enseñado que no puede desear la paz mundial. No solo porque (gracias a Dios) nunca participaré en un concurso de belleza, sino porque no puedo desear más de (o más que) lo que estoy dispuesta a trabajar por conseguir(lo).
Por ejemplo, todos los cumpleaños en los que pude (o tuve que, que no es lo mismo) apagar velitas me pasé la vida pidiendo como bendito deseo, una bendita bicicleta. Y no lo decía, porque "si lo dices, no se cumple". O tal vez debo haberlo dicho en algun momento y no lo recuerdo, porque a mis 26 años y luego de tantas velitas apagadas -tantas que hace 4 años conquisté mi derecho de ya no apagar ninguna- por fin tendré mi bicicleta: me la compraré yo, en diciembre.
O sea, no me malinterpreten. Puedo desear la paz mundial, pero además de mis buena vibra para el mundo, eso se centrará más en lo que haga por conseguir una relativa paz mi siempre caótico microcosmos, dado que la guerra en Irak, la del Vrae, o la eterna lucha razón-sentimiento no la he de solucionar yo. Por ahora, mi contribución a la paz mundial será una superficial bicicleta, que no solo cumplirá uno de mis más preciados deseos, sino que cumplirá un pequeño sueño que le prometí hacer realidad a mi sobrino: salir a manejar bicicleta los dos juntos (esa es mi contribución a la paz en su pequeño y a veces solitario mundo infantil)
Soundtrack
El inefable Pedro Guerra, sobre deseos que nos vuelven locos por nada...
y el genial Stevie Wonder, sobre el deseo de retroceder el tiempo, o un tiempo, que no es lo mismo
Subrayados: (des)ubicaciones, sonidos del mundo
Camino puede ser verbo y sustantivo. Y las dos cosas al mismo tiempo. Dicen que cuando no lo conoces (al camino), es bueno tener un mapa. GPS en estos tiempos, brújula y pergamino en otros.
Lo cierto es que no todos los caminos tienen mapas que nos salven de andar con el machete en la mano, abriendo trochas. Y también es cierto que todos los días se descubren caminos que no hay mapa que los registre antes que los camines... el riesgo es que no tienes idea de a dónde llegarás, pero ese ya es problema de quien quiera o no caminarlos.
No sé ustedes, pero siempre he querido caminar este caminito, solo por purita pose de fan enamorada.
Llueve en Buenos Aires, otra vez y como siempre lo recordaré. No se preocupe, yo tengo mi propio servicio de meteorología.
Mi nostalgia por Baires tiene tantos nombres como Dios. Cuando me enredo voluntariamente en ella, suena el tango que nunca bailaré con Carlos Gardel, la palabra "porteño", el "ché!" que tanto decía mi padre y las palabras del Che, el que murió en su ley. Y veo a Maradona, Caniggia, y ahora Messi haciendo magia con la pelota, mientras alumbra la luna del Luna Park, (porque yo le creo a Fito que en Buenos Aires cuando se habla de la luna solo hay una: la del Luna Park...).
Se llama Charly, al cual voy a ver cada vez que viene porque quien-sabe-si-podré-volverlo-a-ver-otra-vez. Y porque sí, es adolescente escuchar Sui Generis, y es más adolescente que a los 26 años alguien trate de sacar los acordes de "Rasguña las Piedras", y yo sigo intentándolo.
Y suena a Piazolla, y a que las callecitas de Buenos Aires que tienen un no se qué (ya sé que estoy piantao, piantao, piantao). Y al flaco, que me llevó a Almendra y a Serú (por la Sarita que hubiese preferido escucharlos en kst), y me transporta por la máquina que no solo hace pájaros, sino maravillas musicales.
Se llamó (y se llama) por años Calamaro, que me regala mentiras verdaderas y que me acompañó a crecer con los Abuelos de la nada al lado. Por Soda, por Bersuit, porque también he tomado para no enamorarme y visceversa. Por Ataque, a quien probablemente nunca veré y por los fabulosos, a quienes debí volver a ver.
Y claro, mis conversaciones con Borges, Cortázar, Bioy Casares, Walsh, Sábato y Pizarnik, en un barcito de esos que aun no piso, pero que conozco de memoria, son de caracter confidencial. Tal vez rompa el off de record en otro post.
Creo que Mary y mi buen amigo Uniberto, saben a qué me refiero. Ah! Y sigo ahorrando para, por fin, pisar Buenos Aires como Dios manda.




