09 mayo 2010

Ma'

"Ya me cansé de leerte siempre los mismos cuentos. ¿Quieres seguir leyendo? Aprende a leer, pues, hijita".
Un día de 1985
Y nunca más volví, mamá.

26 abril 2010

Figuritas after click

El único curso por el que hubiera tomado la universidad si no me ponían de nota mínima 19, fue Laboratorio Fotográfico. Desde la enanitud tuve un apego especial por la cámara. Por tomar fotos más que por protagonizarlas, aunque ni mi vocación ni mi mayor talento sea mirar a través de los angulares, teleobjetivos y demás, adoro jugar con las imágenes y con lo que la gente puede ver a través de ellas.

¿Qué buscamos con una foto? Nino, el chico de Amelie, coleccionaba las fotos tamaño DNI que la gente se tomaba en las estaciones de tren y que desechaba porque no querían recordarse de esa manera de aquí a la eternidad. Perpetuar. Perpetuarse. Recordar. No todos miramos las fotos con los mismos ojos, ni las miramos la primera vez igual que la última, pero me gusta repasar de vez en cuando la importancia que le damos a las imágenes que amenazan con ser eternas.

El personaje de Robin Williams en una película malísima llamada "Retrato de una obsesión" (él era un sujeto que revelaba fotos en un laboratorio) concluyó sabia y obviamente en que nunca tomaremos fotos de un momento triste o doloroso, pues siempre buscamos salir sonriendo en todas nuestras imágenes. La felicidad y los únicos recuerdos que queremos guardar. Supongo que es lo que intenta hacer la gente normal: tener todas las sonrisas del mundo para mostrar. La historia de el pobrecito que todos llevamos dentro queda mejor para contarla fuera de los portarretratos.

Es cierto que si sabes verlas, como dice Arturo Pérez - Reverte, una fotografía puede calatearte frente al respetable. Firme creyente de ello, procuro guardarme la mayor parte de mi calatería para saber con quien compartirlo. Porque cuando alguien te muestra una foto y la miras a la ligera es una falta de respeto ante la desnudez del otro. Entonces, no se la muestres a quien no las respeta.

Esta canción le encanta a mi mamá. Ella ve fotos solo para recordar que vivió, por eso tiene pocas fotos suyas, pero le gusta tener fotos de la gente que quiere, para sentir que las quiere un poquito más cuando las ve. A mi las fotos me nostalgian muchísimo y las palabras para contarles lo que veo después del click, se me chorrean entre los dedos. 

04 abril 2010

Quo Vadis?



Semana Santa Catalínica:

Extraño sentarme frente a la ventana.
Extraño hacer collage con papeles de colores.
Extraño sentarme frente en la puerta de casa y comer chocolates.
Extraño las despreocupaciones compartidas con los amigos.
Extraño las misas de jueves santo.
Extraño ver películas en el comedor, aun en pijama.
Extraño al viejo para ver películas.
Extraño las tareas del colegio de fin de semana largo.
Extraño la casa de Collique.
Extraño, me.

26 marzo 2010

Despídete

Para la novia y para la negra,
porque ellas entienden que
no hay que entenderlas, solo vivirlas.

Despedirse es mucho muy cotidiano, pero hay despedidas a las que le asignamos un status casi totémico. Supongo que eso pasa con las que más duelen.

Ayer hablaba con la novia sobre las despedidas totémicas, recordando que a pesar de todo son mejores cuando son de un solo tajo. Recordaba también que cuando suceden siempre es la negra la que me dice "esto también va a pasar". Y que la última vez que tuve una de esas la pioja estaba en Lima y me dijo "mejor así", mientras me ayudaba a recoger algunos pedacitos de vida que se quedaron en la Plaza San Martín. Las despedidas más dolorosas que viví tal vez no las superaré nunca, pero todos los días aprendo a (o al menos lo intento) vivir con ellas (o con ellos, porque mi papá y mi padrino se fueron sin despedirse).

Miraba los ojitos de la novia, hinchados y compungidos, sellados con la figurita de los signos de interrogación que acompañan estas despedidas donde uno no entiende nada así lo entienda realmente. Sus ojeras eran dos bolsitas que guardaban toda la tristeza del mundo. 

Las despedidas pasan y uno aprende a vivir con las ausencias que dejan los nuevos extraños. Entonces, abracé a la novia con más fuerza y me quedé viendo como dormía bajo las estrellas, mientras yo pensaba cómo podríamos acompañar a Alicia hacia el país de las maravillas.

04 marzo 2010

Primer día de clases

No recuerdo mi primer día de clases. Dice mamá que no lloré y quien se quedó llorando fue ella, pues su unigénita correctamente uniformada con mandilito de cuadritos celestes y con dos colitas amarradas con pilimili blanco, entró por el estrecho patio diciendo "chau mami, vienes por mi más tarde, ¿ya?"

Cuenta la leyenda que cuando entré al salón de clases donde habían decenas de niños llorando desconsoladamente, me convertí en la nueva mejor amiga de la auxiliar, al acercarme a muchos de esos niñitos y niñitas diciendo "no llores, tu mamá va a volver, ¿vamos a jugar?".

Yo solo recuerdo que lloré (a escondidas, claro) el primer día de clases de Gianfranquito, allá en el 2005. No dormí por terminar de forrar sus cuadernos, como casi nunca dormía en mis primeros días de clases esperando, con los zapatos bien lustrados, que amanezca. A las 7 de la madrugada, cuando ponía la última cinta adhesiva con su nombre a su caja de colores, mi niño bajó las escaleras con su bucito verde y sus zapatillas blancas nuevitas. El mismo modelo de bucito verde que yo usara 19 años antes, mire usted.

Gianfranquito tampoco lloró el primer día de clases. Pero esta vez yo recuerdo interminables charlas de filosofía infantil de por medio para que mi ahijado cumpla dignamente el papel de empezar a caminar solo por el mundo. No calculé que derramaría lágrimas al verlo irse corriendo, arrastrando su maletita. Creció pues. No más comidas en la boca, no más mañanas de invierno jugando con el carrito grande, no más poses de bebito: crezca usted!

Entonces entendí por qué mi mamá lloró cuando me vio entrar al jardín, además de su extrema sensibilidad y su complejo de gallina: sabía que de alguna forma me había perdido. Me perdió para que me encuentre yo. Y que desde entonces me tuvo que seguir perdiendo.

El problema es que a veces me pierdo de mi, y no hay miss Charito que me ayude a encontrarme. Aunque aun hay mamá que me espere para apapacharme en medio de cualquiera de las lecciones que ahora se le ocurre darme a la vida, las cuales -hay que reconocer- no siempre puedo aprobar con las mismas maravillosas notas que en el colegio.

¿Será que los primeros días de clases ya no se anuncian con la misma anticipación y claridad que entonces? Parece que lo único que arrastro desde mis primeras incursiones ochenteras a las aulas, es la anotación al final del cuadernito: "excelente alumna, pero muy traviesa".

En ese tiempo no me bajaban mis notas por hacer travesuras, parece que ahora todo depende de ellas, y que la curiosidad -o la imprudencia- ciertamente, si no mata a la gata, al menos la deja tantito magullada.